domingo, 30 de agosto de 2015

Las inquietantes semejanzas entre la Década Infame y la Década Ganada

Por Luciana Sabina e Ignacio Montes de Oca 

 
Diario La Vanguardia
del 16 de noviembre de 1931
En su afán de “robar” la elección, sumaron en algunos casos todos los sobres enviados por la Junta Electoral, poniendo dentro otras tantas boletas oficiales. Pero los sobres se envían siempre con exceso, y ha sido tanta la torpeza de los presidentes de mesa a favor del gobierno que luego de meter 500 votos en la urna, recién leyeron que en la mesa sólo votaban 260 o 280. Lo que parece una crónica de las últimas elecciones en Tucumán o de cualquiera de las provincias feudales de la Argentina, es en realidad un fragmento del diario La Vanguardia del 16 de noviembre de 1931, cuando el “Fraude Patriótico” comenzó a ponerse en marcha y por más de una década anuló toda posibilidad para que las mayorías eligieran democráticamente a sus representantes. 

El fraude, sus excusas y sus cómplices
En la madrugada del 6 de septiembre un golpe militar le dio fin al ya decadente gobierno del radical Hipólito Yrigoyen. La rebelión reunió a personajes tan diversos como al admirador del nazismo Manuel Fresco, al periodista socialista Natalio Botana y al joven militar Juan Domingo Perón. Ese día, el general José Uriburu entró a codazos en la historia como el primer presidente de facto de la historia argentina.  

El golpe dio fin a una secuencia de crisis política que había comenzado cuando Argentina fue alcanzada por el crack financiero de 1929. Por entonces el presidente radical comenzó a perder apoyo a causa de sus yerros políticos, a los que sumó una falta de reacción para salvaguardar al país de la grave situación económica global.  

El descontento de una gran parte de la sociedad hacia el gobierno pudo verificarse en la ausencia casi absoluta de movilizaciones a su favor y en el numeroso grupo de ciudadanos que se acercó a la Casa Rosada a apoyar el golpe en ciernes. Al llegar a casa de gobierno, las tropas enviadas por Uriburu encontraron a numerosos manifestantes saqueando todo y tuvieron que esperar la retirada de estos para ocuparla. Ese era el nivel de furia reinante.  
Diario Crítica
del 7 de septiembre de 1930
Estas milicias, entre las que se encontraba el futuro fundador del PJ, intervinieron finalmente ante los desmanes del “populacho ensoberbecido” que tomó por asalto la Casa Rosada, según las propias palabras de Perón. El mismo, actuó de centinela evitando la salida y entrada de cualquiera al inmueble. Recuerdo un episodio gracioso -señaló un nostálgico Perón en referencia al golpe- que me ocurrió en una de las puertas. Un ciudadano salía gritando ¡Viva la revolución! y llevaba una bandera argentina arrollada debajo del brazo. Lo detuve en la puerta (...) Se la quité y el hombre desapareció entre aquel maremágnum de personas. Dentro de la bandera había una máquina de escribir”. 

Como sucedió en el 2001, la sensación de incapacidad presidencial y la complicada situación económica alentaron -y luego justificaron- la expulsión del presidente constitucional. Y fue ese estado de excepcionalidad el que sirvió de excusa para alentar una salida fraudulenta y hacer pedazos al sistema electoral. 

En lugar de resolver las causas de la crisis, Uriburu erigió un gobierno tan autoritario como violento. Es que el general no era precisamente un hombre de convicciones democráticas. Para asomarse a sus ideas, basta recordar un discurso que pronunció en la Escuela Superior de Guerra: “La democracia la definió Aristóteles diciendo que era el gobierno de los más ejercitados por los mejores. La dificultad está justamente en hacer que lo ejerciten los mejores. Eso es difícil que sucede en todo país que, como en el nuestro, hay un sesenta por ciento de analfabetos, de lo que resulta claro y evidente, sin tergiversación posible, que ese sesenta por ciento de analfabetos es el que gobierna al país, porque en elecciones legales ellos son una mayoría”.

El general José F. Uriburu
Detrás del golpe, se alineaban conservadores y nacionalistas que despreciaban de forma similar el sistema de elección representativa y la capacidad de la masa para elegir a sus representantes. En consecuencia, tras la caída de Uriburu en 1932, construyeron un poder monolítico fundamentado en la cooptación masiva de votantes y la proscripción política.  

Más allá de la turba que asaltó la Casa Rosada el día del golpe, el nuevo gobierno no contaba con un apoyo popular que pudiera hacerle sombra a los partidos políticos en nuevo turno electoral. Esa debilidad de origen tuvo consecuencias en la década siguiente. ¿Cómo planificar una estrategia política a largo plazo, si eventualmente serían desalojados por otros grupos? La respuesta estaba en una democracia ficticia basada en un nuevo sistema electoral que los favorecía y obturaba el regreso de sus adversarios.  
Agustín P. Justo

A partir de esa inmadurez cívica que observaban en el pueblo, los intelectuales detrás del golpe comenzaron a hablar del “fraude patriótico”, señalando a la masa como incapaz de elegir representantes adecuados. Esta construcción teórica justificaba el fraude en la necesidad de salvar a la Argentina de su decadencia y al mismo tiempo alertaba sobre la absoluta impericia de las fuerzas adversarias para hacerse cargo de los destinos del país. Cualquier semejanza con el presente, corre por cuenta del lector.  


El general Agustín P Justo fue el primero que alcanzó el poder a través de comicios arreglados. Las elecciones que lo llevaron a la presidencia estuvieron plagadas de clausuras de locales políticos, presiones policiales y secuestros de libretas, que conocemos gracias a las denuncias realizadas. Las mayores irregularidades se registraron en Mendoza y los partidos bonaerenses de Merlo, Chivilcoy, Morón, Haedo, Luján y Zárate. El gobierno desacreditó las denuncias, negándolas rotundamente ante la prensa. Como en el presente, cada vez que un opositor presentaba pruebas de irregularidades, el gobierno conservador las relativizaba y acusaba a los denunciantes de no aceptar el resultado de las urnas.  
Revista Caras y Caretas (1938)

El 20 de febrero de 1938, mientras por Buenos Aires todavía corría la noticia del suicidio de Lugones ocurrido dos días antes, asumió la presidencia el conservador Roberto Ortiz. Los comicios que lo llevaron al poder y los que se realizaron bajo su gobierno repitieron la misma secuencia de violencia sobre los opositores y el llenado de urnas de antemano. Incluso, con Ortiz las prácticas antidemocráticas se intensificaron: en Mendoza, se borró a numerosos opositores de los padrones, y en Entre Ríos y Corrientes, provincias en las que la justicia electoral instalada en el Correo, se contabilizaron más votos que sufragantes 

Todas estas maniobras, presentes en cada rincón de la Argentina, fueron posibles gracias a un sistema caudillista que se replicaba en cada provincia, ciudad y barrio. Sin estos hombres fuertes de inspiración feudal y pocas diferencias con el actual puntero político, la Década Infame nunca hubiera sido posible. 


Las tácticas fraudulentas  

En la Década Infame, como hoy, la violencia no fue ajena al fraude. En 1938, la revista Caras y Caretas describe con cierta dosis de cinismo el mecanismo de las patotas A los fiscales vejaron y no los reconocieron: secuestrados los tuvieron cuando no los expulsaron, Fue un acto tan ilegal, que hizo exclamar a un jurista: Ha habido voto a la vista, pero no vista al fiscal. Es que en esos días -y a la vista de los policías enviados a vigilar los comicios-, las patotas conservadoras capturaban a los fiscales de partidos opuestos para controlar los comicios, liberándolos una vez consumado el fraude.  

Incidentes en un centro de votación
de la localidad tucumana de San Pablo. 
En el presente, la fiscalización es tercerizada a través de la violencia con barras bravas o “gente de acción” que responden al puntero local. Recordemos lo sucedido en una escuela de la localidad de San Pablo (
Tucumán). Durante los pasados comicios, un grupo de 400 militantes -que según los reportes de prensa respondían a los candidatos oficialistas José Carmona y Daniel Castro- irrumpieron en la sede de votación, retuvieron a los fiscales bajo amenaza y se robaron las urnas para luego quemarlas. La violencia electoral -característica de la Década Infame-, se materializó nuevamente, esta vez de la mano de los militantes del oficialismo tucumano e incluso de algunos partidarios de la oposición. 

Captura de pantalla de la madrugada
de las últimas elecciones tucumanas
Otro mecanismo fraudulento al que se apeló en diversas épocas es la emisión de “votos cadena”, cuyas primeras prácticas remiten precisamente a la Década Infame. El sistema consiste en entregar previamente un sobre a un elector con un voto dentro. Una vez en el cuarto oscuro, el votante guarda el sobre firmado por las autoridades de mesa y deposita el sobre que le fue entregado por el puntero político con anterioridad. Luego, vuelve a encontrarse con el puntero, que entonces le entrega el sobre al siguiente votante para que reinicie la cadena. De este modo, el puntero político se asegura que el votante no cambie de opinión dentro del cuarto oscuro. 

Y si el ingenio no era suficiente, la estafa electoral se mudaba al centro de conteo. Crónicas de entonces describen el despliegue de tropas en torno a las oficinas del Correo Nacional, donde las autoridades electorales alteraban las cifras antes de dar un resultado final. Y todo esto se hacía fuera de la vista de fiscalizadores de partidos opositores, que eran incapaces de sortear el cerco armado que se les tendía en torno al sitio donde se realizaba el escrutinio final. En aquella época el nombre “Indra” era aún desconocido fuera de los que estudiaban la mitología hindú y no existían las redes sociales que dieran cuenta de las alteraciones que reflejaban los conteos online de votos, como el que en la noche del comicio le dio a un candidato oficialista el 236,94 por ciento de los votos y a su adversario el 194,78 por ciento 


Fraude, violencia y caudillos
Es posible revelar el modo en que se instaló el fraude analizando el accionar de los caudillos que lo posibilitaron. Uno de los más célebres de la Década Infame fue Alberto Barceló, senador e intendente de la localidad bonaerense de Avellaneda. El poderío político de Barceló fue construido a través de favores y concesiones. Su despacho, situado en una mansión de la que era propietario -en la calle Pavón. Frente a la plaza central de Avellaneda-, era visitado a diario por gente que acudía en busca de trabajo, alimentos o dinero.

Barceló era generoso y otorgaba las dádivas, que eran anotadas cuidadosamente en diversos registros que utilizaba posteriormente para reclamar una contraprestación a cargo. Usualmente pedía que votaran a alguno de los pre-candidatos conservadores o que asistieran a actos partidarios. La fuente de recursos de Barceló eran precisamente esos políticos que, a cambio de los votos, donaban comida, dinero o colocaban a los recomendados del caudillo en un cargo público.



Esta práctica es anterior a la Década Infame. Venía siendo denunciada por los opositores de Hipólito Yrigoyen, que lo acusaban de engrosar su caudal electoral a costa de la contratación de empleados públicos. Pero durante el “fraude patriótico” el mecanismo se volvió tan masivo como impúdico. Los caudillos conservadores establecieron centros políticos en todo el país para atender los pedidos de los ciudadanos, que debían entregar sus libretas de enrolamiento a cambio de recibir favores. En la mayoría de los casos, estas dádivas fueron recursos estatales repartidos discrecionalmente. 

Actualmente, el otorgar cargos en el Estado para asegurar el caudal de votantes cautivos, es una tradición tan extendida que ya forma parte de la normalidad electoral argentina. Incluso, en las provincias del norte argentino, el empleo público forma un porcentaje del  54 por ciento del trabajo en blanco -con picos del 89 por ciento en Catamarca, el 69 por ciento en Jujuy, el 66 por ciento en Formosa -, al tiempo que existe una correlación directa entre ese porcentaje y el piso de apoyo que obtiene el caudillo del lugar en cada elección. 


Bolsones de comida repartidos en Santiago del Estero
Y para los sectores más humildes, las dádivas llegan aún hoy en forma de donaciones y planes sociales que se multiplican en época electoral. Donde antes estaban los comités para repartir dinero y comida, hoy encontramos oficinas estatales que reparten recursos a 12.557.000 beneficiarios de planes sociales. Para otorgarlos, se utilizan criterios poco relacionados con la universalidad, pero si con la estrategia de premios y castigos a los sectores más vulnerables de la población. Sólo para citar un ejemplo de esa discrecionalidad, basta con observar la ausencia de asistencia a los grupos Qom en Formosa cuando se oponen a las políticas del gobernador Gildo Insfrán. O, si se prefiere, a las denuncias de los grupos que responden a los partidos de izquierda que suelen recibir proporciones mucho menores de asistencia estatal que los que llegan a los grupos vinculados a los “barones” del oficialismo.  

Ese asistencialismo, hoy y ayer, se acelera en forma de donaciones durante las semanas previas a los comicios. En Santa Cruz, el periodismo fotografió camiones cargados de colchones y comida enviados por el gobierno nacional pocos días antes de las elecciones para respaldar a los candidatos de su partido, que incluyeron al hijo de la presidente Cristina Kirchner. En Santiago del Estero, se documentó el envío de paquetes de comida con boletas del oficialismo adosadas a los productos. En otras provincias como Chaco, Formosa, Buenos Aires o Jujuy, además de las dádivas, se enviaron mensajes amenazando a los votantes con quitarles los subsidios sociales o se exhibieron carteles prometiendo represalias en caso de que ganaran los candidatos opositores.  

La dimensión escandalosa de los recursos entregados a cambio de votos llevó al obispo de La Rioja, Marcelo Colombo, a amonestar públicamente -el 11 de noviembre de 2013- al gobernador Luis Beder Herrera por llevarlas adelante. Lejos de desmentir la compra de votos, el gobernador riojano pidió disculpas ante los medios, prometió al obispo que “no volvería a pasar” y que ya no se presentaría a elecciones en el futuro. Otros gobernadores, en lugar de ponerse en penitencia, recargaron sus transportes con alimentos, colchones y chapas; salieron a la caza de votos entre los sectores humildes.  


Es que el par “dádiva - coerción” forma parte de la misma mecánica que fundamenta la persistencia del chantaje electoral. Volviendo a la Avellaneda de los años 30’, Barceló contaba con recursos mucho menos altruistas. Bajo su protección, el partido se convirtió en centro de un rentable negocio de trata de blancas y la contratación de criminales que actuaban como brazo armado de los políticos conservadores. El trato con los delincuentes era tan sencillo como eficiente. Merced a sus contactos con los jueces, policías y funcionarios, Barceló lograba que los criminales obtuvieran la libertad e, incluso, el borrado de sus antecedentes a cambio de servir en sus filas. 



El gobernador José Alperovich y Rubén Alé
conversan sobre el futuro del club
San Martín de Tucumán
Esa impunidad, recuerda hoy el largo historial delictivo, por ejemplo, del clan Ale en Tucumán, que tuvo un impasse tras el juicio por la desaparición de Marita Verón. La cercanía con el gobernador Alperovich - y sus antecesores - les permitía ejercer tranquilamente las actividades ilícitas al amparo del caudillo local. A cambio, el clan prestaba “servicios” en tiempos electorales por medio de la barra brava del club San Martín de Tucumán o de transporte de votantes mediante la flota de remises que manejaban en la provincia. 

Ese mismo sistema de impunidad a cambio de mano de obra criminal, era hace casi un siglo otra de las las bases del poder político de Barceló. Su mano derecha era Juan Ruggiero, alias “Ruggerito”, que se encargaba de reclutar matones entre los marginales de la zona. Esos matones eran los encargados de copar las sedes de votación en cada elección para impedir que los militantes opositores pudieran sufragar. 


Barceló, Gardel y "Ruggerito" 
Ruggerito llegó a convertirse en hombre de confianza del caudillo a partir de su trabajo como guardia de uno de los prostíbulos que regenteaba Enrique Barceló, hermano del dirigente. En esos tiempos, Avellaneda era el sitio donde se ejercía la prostitución a gran escala y en muchos de esos lugares, los proxenetas apadrinados por Barceló sometían a las esclavas sexuales traídas de Europa a un trato similar al que hoy sufren las mujeres cautivas en los prostíbulos. 


En una de sus visitas a un prostíbulo de Avellaneda, el cantante Carlos Gardel le contó a Ruggerito los problemas que le causaba no tener una documento argentino a la hora de obtener contratos y hacer giras fuera del país. A instancias de Barceló, Gardel obtuvo su Libreta de Enrolamiento pese a que, incluso hoy, no se tiene certeza absoluta sobre el lugar de su nacimiento. Así de poderosa era la influencia de estos caudillos zonales. Y así de intensa continúa siendo, habida cuenta que los caciques modernos son capaces de conseguir miles de documentos a discreción.  

Existen denuncias concretas respecto a que muchos de ellos son emitidos para que ciudadanos extranjeros, que viven en países fronterizos, los utilicen para emitir su voto en los diversos comicios. Y que a cambio reciben una conveniente recompensa en efectivo o su inscripción en alguno de los planes sociales disponibles. No se trata de una acusación de la prensa, sino de una sospecha de la Cámara Nacional Electoral, que ya pidió a la Dirección Nacional de Migraciones la información para saber si existía una migración electoral a favor del gobierno formoseño. 


El fraude en la provincia de Buenos Aires 

Manuel Fresco en una misa pública.
Mar del Plata, 1938

Uno de los políticos que creció bajo la protección de Barceló fue Manuel Fresco, que gracias al fraude patriótico llegó en 1936 a la gobernación de Buenos Aires, la mayor provincia argentina y la que cuenta con un capital electoral suficiente para decidir el resultado de cualquier elección. Apenas tuvo acceso a su despacho, Fresco colocó retratos de Adolf Hitler y Benito Mussolini como decoración. El nuevo gobernador aplicó en la provincia los mismos métodos utilizados en Avellaneda, aunque sin el aditamento de la prostitución a gran escala dado que era un ferviente católico. En lugar de prohibir los lupanares y ofender a su mentor político, prefirió ocuparse por reestablecer la educación católica en las escuelas públicas.  

Eso sí, Fresco repitió el esquema de Barceló y formó una milicia paramilitar con militantes pro fascistas, nacionalistas antisemitas y delincuentes amnistiados que se dedicaron a perseguir opositores. Los grupos de Fresco tenían entre sus blancos preferidos a los radicales, comunistas y judíos. 


Escena de las elecciones de 1936
Durante su administración se lanzó un programa de asistencialismo y obra pública masivo que tuvo por centro la exaltación de su figura, algo similar a lo que sucede hoy con el kirchnerismo y con los caudillos regionales. Por supuesto, las familias que militaban en partidos opositores, quedaban fuera de los planes asistenciales y de la posibilidad de acceder a puestos públicos. 
Fresco, llegó al extremo de instalar altoparlantes en las principales plazas bonaerenses para que fueran escuchados sus discursos, difundidos por Radio Provincia de Buenos Aires. Y, por las dudas, si decidían hacerse los distraídos ante este antecesor de la “cadena nacional”, los contenidos escolares incluían de forma obligatoria propaganda a favor del caudillo provincial.  

Cualquier semejanza entre el adoctrinamiento oficialista en la década Infame y las propagandas a favor de los caudillos oficiales en las escuelas del interior en el presente, no son casuales. Menos aún la nota enviada por la Directora de Escuelas Primarias de Tucumán, Gladys Fernández, para que los maestros dijeran a sus alumnos que las elecciones habían sido ganadas por el partido en el poder. Fernández es subordinada de Silvia Rojkes de Temekin, cuñada del gobernador José Alperovich. Como sucedía hace 85 años, todo el poder del estado se dirigía a legitimar las elecciones y darles a sus detractores un aura de irracionalidad.  
Las investigaciones históricas sobre la época del “fraude patriótico” están plagadas de anécdotas de cómo se cometía fraude en la Buenos Aires de Fresco, de descripciones sobre la presencia de los matones de Fresco controlando el acceso a las urnas y el manejo de los resultados. 

Fresco, como otros de su especie en otras provincias argentinas, fue uno de los políticos que naturalizó el “voto cantado”. Ante la presencia de los matones del oficialismo que previamente habían copado la mesa, los votantes eran obligados a decir por quién querían sufragar. Si expresaban su decisión de apoyar al oficialismo, se les dejaba ejercer su derecho o se les daba un sobre ya preparado. Si su opción era un adversario se les impedía votar o se los expulsaba a los golpes. Según escribió Fresco en su obra “Mi verdad”, lejos de ser una forma de coacción, el voto cantado era una “una lección pública de coraje ciudadano”. Esa idea es similar a la que se mostraba un cartel exhibido en un centro de votación de la ciudad correntina de Goya en las elecciones de 1932: “Los hijos de Corrientes, como son valientes, votan en voz alta”. 

El fresquismo llegó al extremo de regular a su gusto las listas opositoras, colocando a algunos candidatos que figuraban en primer lugar hacia el final de cada una de ellas. Así, aun cuando no lograran consumar el fraude, se arrogaban el derecho a dejar fuera de juego a sus principales oponentes. 

Mientras tanto, en el interior seguían prosperando las medidas fraudulentas. Uno de los episodios más resonantes se dio en Santa Fe, intervenida por el poder central, se llamó a elecciones el 21 de febrero de 1937. Entonces se realiza -afirma Félix Luna- lo que constituye una paródia de elección. Los demócratas progresistas dejan de votar al mediodía. Se hace sufragar a la vista, se expulsa a los fiscales, ‘por negarse a colaborar con las autoridades de las mesas’, y todavía aquellas urnas que parecen dudosas al oficialismo, son sustituidas descaradamente en el Correo Fresco, al igual que otros caudillos conservadores, fue imbatible en cada elección. Su fin llegó solo cuando un grupo conservador contrario decidió que era tiempo para que le dejara su puesto a otro gobernador más discreto y menos proclive a usar el Estado para exaltarse como político.  

Adivine cuando sucedió
  
Es curioso que en los relatos de la Década Infame, se repite una misma práctica dentro del fraude, que consistía en reemplazar las urnas con otras llenas de votos propios. 

 

Facsímil de telegrama oficial 
Observemos qué sucedió días atrás en la localidad tucumana de Famaillá. En la mesa 1441, estaban habilitados para votar un total de 273 ciudadanos. Pero, en el telegrama que se envió a las autoridades electorales los fiscales de esa mesa informaron que el candidato oficialista había obtenido 287, qué es lo mismo que decir el 105 por ciento de los sufragios. Y en su afán de forzar el resultado, consignaron un total de 364 votos que representan cerca de una vez y media la cantidad de votantes permitidos para esa mesa. El artículo de la Vanguardia de 1931 tranquilamente podría hacer referencia a lo que sucedió en agosto de 2015 en Famaillá, sin perder actualidad. 


O, si se prefiere, hay un caso aún más cercano a esa costumbre de llenar las urnas con votos propios y vaciarlas de ajenos. En la mesa 1278 de la localidad de Ramón Lista, en Formosa, sucedió el increíble hecho que los 233 habilitados votaron al partido de gobierno, incluyendo las autoridades de mesa de otros partidos. O la mesa 322 de Tucumán, en donde el presidente de mesa envió un telegrama informando que el candidato opositor no había recibido votos y en el conteo posterior se descubrió que fue votado por 130 sufragantes. Éstos son apenas dos ejemplos de lo que ocurre hoy en varias provincias. 

Es como si el reloj de la historia hubiera vuelto a la Década Infame y las crónicas electorales hubieran copiado a los relatos de los tiempos del “fraude patriótico”. Y lo que es peor, además de la existencia de irregularidades volvieron las denuncias de la apropiación de la identidad de los electores para asegurar el resultado electoral. (Eliminado Variables) reveló tiempo atrás una compleja trama de posibles fraudes electorales con documentos de identidad mellizos que revelan el alcance de esta política de duplicación de identidades.  

Cuenta la leyenda que Barceló tenía en su casa una biblioteca llena de libretas de enrolamiento ajenas, que constituían su capital más preciado. Incluso se dice que en ocasiones se jactaba ante sus invitados de tener suficientes de ellas para decidir la elección en su distrito. En otros términos, quien tenía más documentos, decidía la elección, como sucede hoy cuando un caudillo regional es capaz de emitir DNI de a miles y con ello se asegura un porcentaje de votos cautivos. La biblioteca de Barceló parece haber mutado en los móviles de impresión de documentos de identidad, que antes de las elecciones hacen verdaderos tours militantes en los distritos más populosos

Pero el caudillo de Avellaneda no era una rareza política de la Década Infame, sino uno más de entre los jefes políticos que manejaron a su antojo los comicios durante el “fraude patriótico”. La entrega de libretas se volvió un ritual en las estancias, en donde el patrón recolectaba los papeles de sus empleados y las llevaba al centro de votación para elegir en nombre de ellos. Incluso en las grandes fábricas, los empleados eran persuadidos para depositar sus documentos de votación en la empresa para asegurarse el empleo.  

Esa práctica nunca dejó de usarse en los feudos del interior del país. En 2005, el noticiero Telenoche hizo un informe de gran repercusión donde mostraba que la tropa política del gobernador peronista Gildo Insfrán retenía los documentos personales de los nativos Qom y los dejaba encerrados en un corral a cielo abierto hasta el momento en que cerraban los comicios. Inmune a las críticas y las denuncias judiciales, la misma denuncia se repitió en 2007 y 2011, y periódicamente en cada acto electoral en el que Insfrán obtiene una victoria.
  
Natalio Botana, fundador
del Diario Crítica
El abrazo del fraude incluyó también a algunos de los medios más prestigiosos de la época. Natalio Botana, estaba unido a Barceló por una estrecha amistad e incluso poseía una parte de las acciones del diario Crítica. Los medios del interior, por lo general en manos de las familias vinculadas al caudillo, optaban por ignorar las denuncias de fraude y legitimar los triunfos conservadores. 

Solo una parte de la prensa socialista y anarquista daba información sobre lo que pasaba a la hora de los comicios, pero su público era demasiado pequeño para convertir esas denuncias en un escándalo político. En realidad, todos sabían lo que pasaba en tiempos de comicios porque de una otra manera eran protagonistas de lo que sucedía al votar, pero la red de compromisos políticos e ideológicos tendía un manto de silencio sobre la realidad del fraude. 

El radical Eduardo Laurancena, quien provenía de las mismas entrañas del fraude, fue quien describió el sistema como “En esta nueva era del conservadurismo ya no se niega el fraude: se lo confiesa y se lo declara fraude patriótico, y cuando este disco pasa de moda surge la teoría del fraude histórico... Un caudillo, generalmente semianalfabeto, erigido en señor de horca y cuchillo, que tiene a su disposición la municipalidad, la policía, la justicia local, las oficinas recaudadoras y todas las reparticiones administrativas, ejerce una dictadura arbitraria y prepotente, muchas veces, además brutal y sanguinaria, que no reconoce ninguna regla o limitación legal o moral, para cumplir el doble propósito de proteger y ayudar a los que se someten incondicionalmente y perseguir implacablemente a los que no son adictos”.



Al describir la Década Infame, Scalabrini Ortiz dejó en claro que el fraude electoral no es sólo un mecanismo para sostenerse en el poder, sino un enorme negocio vinculado a la corrupción. La aprobación del Pacto Roca-Runcimann, la entrega del transporte de colectivos de la ciudad de Buenos Aires a la empresa de tranvías de capitales británicos y las numerosas concesiones y obras públicas que recibieron los aristócratas y nuevos ricos que crecieron con el conservadurismo, necesitaban de legisladores que apoyaron con su voto o su silencio los negociados y de presidentes o gobernadores que firmasen los contratos. Para este autor, el “fraude patriótico” se justificaba a sí mismo en la idea que las mayorías no eran capaces de asumir con responsabilidad la complejidad de los asuntos nacionales y, por ende, el direccionamiento de las elecciones buscaba evadir el escrutinio de las masas a las que consideraba “inmaduras”, como le gustaba decir a algunos exégetas del fraude.  

Scalabrini Ortiz definió magistralmente a los responsables del fraude en un artículo publicado en el diario Reconquista: Lo único que los diferencia a estos caballeros es que ya no comen en la antecocina del patrón o en la fonda de Rígoli, sino que se sientan de vez en cuando a las mesas de las Cámaras Británicas de Comercio de Buenos Aires o Rosario o llevan el palio en el Congreso Eucarístico o en el día del Corpus Christi. 

Vale la pena recordar que la Década Infame terminó con un golpe militar que puso como excusa la imperiosa necesidad de acabar con la corrupción y restaurar la democracia. Y que luego de tomar el poder por la fuerza, se dedicó a fortalecer su alianza con las potencias autoritarias y a imitar algunos de sus rasgos más peligrosos. 

Y en algo tuvieron razón; acabaron con el fraude; porque terminaron con las elecciones. Y sin elecciones ya no hubo posibilidad alguna de hacer trampa en los comicios.  Al final de la Década Infame, quedó claro que el fraude no es solo un juego en el que se burla al adversario, sino que además es una práctica peligrosa que puede acabar con la misma democracia.  

En Twitter: @EliminandoV